domingo, 14 de septiembre de 2008

ESTAMENTOS, CLASES Y RELIGION

Acerca del capitulo del mismo nombre publicado en "Economía y Sociedad" (Weber M.)

En el apartado número siete de la sociología de la religión (Economía y Sociedad), Weber pretende realizar una distinción-comparación de la forma en que se relacionan los diferentes estamentos y clases en una sociedad con el carácter religioso que ésta adopta para sí o, en su defecto, del entramado de religiones adheridas a determinada capa social. Así, el planteamiento del capitulo se desarrolla partiendo de las sociedades en donde el arraigo de algún tipo de religiosidad ética es mínima –como el caso de los sectores campesinos- hasta llegar finalmente al sector en donde se ha hecho “imposible”, por factores que ya analizaremos, el apropiamiento de una religiosidad específica de clase –como es el caso del sector capitalista e intelectual-.

Ya hemos visto que uno de los principales factores que influyo de manera bastante fuerte en el desarrollo tardío de una religiosidad ética en las capas campesinas dependió de su estrecha relación con fenómenos naturales de los cuales dependía su subsistencia económica. De tal forma, en principio, solo fue posible advertir un mínimo de culto mágico fuertemente distanciado de la racionalidad presente en las religiones éticas[1]. Será por tal motivo que la profesión (de profesar) religiosa prevalerte engendrará un cierto recelo y discriminación frente al campesino que solamente podrá ser superada “por la creencia en su valor específico” dada, en principio, por Lutero.

Los factores ya expuestos, además de los fuertes arraigos tabuistas de las comunidades vecinales campesinas hubiesen dificultado sobremanera –como lo expresa Weber- el surgimiento (allí) de una “religiosidad congregacional organizada como la del cristianismo primitivo”. Pero miremos que otras capas sociales intervienen en esta relación campo ciudad:

“las capas guerreras”, como las llama Weber, no son otra cosa que el conjunto de caballeros, mercenarios, etc. Que, si bien están ligados de una forma bastante estrecha con la nobleza y, en general, con las clases privilegiadas, no presenta otro tipo de religiosidad que la mágica que lo protege “contra malos espíritus y ritos ceremoniales”. En el guerrero no existe otra ligazón con la religión adoptada en la sociedad, es decir, con el Clero, por papeles que no le competan más allá de su propio bienestar económico[2]. No obstante, cuando las capas dominantes, para beneficio de la seguridad y la soberanía (que se da principalmente en la formación del Estado Nacional europeo), crean un ejército permanente, es éste quien genera una convicción fuerte con la religiosidad ética vigente; por otra parte, queda muy claro que “lo que caracteriza a la burocracia es un profundo desprecio por toda religiosidad irracional unido a la idea de que puede ser utilizada como medio de domesticación” así de la misma clase guerrera como de la totalidad del pueblo. Surge pues, de esta forma, la actitud de apropiación del carácter mágico de las masas por parte de la religiosidad racional como fuente para hacer extensiva tal religiosidad racional urbana a la esfera del campo.

Veamos ahora como se vincula la pequeña burguesía al proceso de racionalización de la religión:

Los artesanos funcional, en principio, de la misma forma tabuista de la comunidad vecinal campesina (existe un saber que se toma como carisma del individuo y solo puede transmitirse de forma hereditaria excluyente o “paria”). Sin embargo, el paso del campo a la ciudad del pequeño artesanado lo enfrenta con una constante racionalización del trabajo que extravía su núcleo cerrado de clase. Es pues como la congregación religiosa cooperativa apropia su identidad y lo envuelve en un nuevo ámbito religioso: “solo donde surgió una religiosidad congregacional, sobre todo si fue de carácter ético-racional, pudo ganarse fácilmente adeptos en círculos de pequeños burgueses urbanos, e influir de manera duradera en el modo de vida de esas gentes…”.

En este orden de ideas, la paulatina proletarización de estas capas pequeño-burguesas, separa la sociedad en dos partes a saber: de un extremo, 1) las clases “negativamente privilegiadas”, en donde el arraigo de una doctrina religiosa de salvación es tanto más fuerte cuanto ésta explique de forma más coherente el problema de la Teodicea[3]. Ello, como ya se dijo, adaptándose a las formas de religiosidad y culto mágicas en las masas. Por otra parte, 2) en las “capas privilegiadas” de la sociedad, la religiosidad ética presenta varios matices: son posibles casos en que el vínculo de las clases altas con la religión se hace fuerte en tanto procuran legitimar su posición como beneficio del dios (siempre y cuando sus “buenas obras” se hagan extensivas a los negativamente privilegiados); pero es mas posible el caso en que la estrecha relación con el, ámbito político y económico generen un escepticismo fuerte ante la religiosidad o un racionalismo que procure una religiosidad “menos mágica”. Así entrará en juego el papel de la intelectualidad en clases –usualmente- privilegiadas: la necesidad de brindar una explicación no a su condición material sino, por el contrario, a sus necesidades espirituales[4].

Vemos también, con lo ya expresado, que dentro de una misma congregación religiosa surgen distanciamientos entre estamentos de la misma. Así, cuando una religiosidad surgida de capas intelectuales se hace extensiva a las masas, cabe la posibilidad de que el núcleo intelectual, de acuerdo con sus necesidades (“indigencia interior”), formen círculos cerrados que no son indiferentes a su religiosidad o que, simplemente, la toman en su contenido filosófico[5].

Empero, a pesar de que muchas de las religiones éticas hubiesen surgido de capas intelectuales, no se ha podido establecer una religión como propia de la intelectualidad por múltiples factores como la aversión por parte de ésta clase al estamento clerical, por un lado; como por la necesidad de la misma domesticación de las masas a partir de religiones ya establecidas, e/o. [ver Pág. 411]



[1] Lo anterior no quiere decir que el sector campesino, en su constante relación con la urbe, no caiga bajo la intervención de la religiosidad allí presente –ejemplo evidente a lo largo de la Edad Media-, sino que, como dice Weber, sus convicciones mágicas, en contraste con la religión establecida, “permanece en el terreno de un riguroso formalismo… frente al dios y al sacerdote.

[2] Para esto véase la manera en que las guerras santas vinculan al guerrero ofreciéndole un porcentaje en las riquezas que obtenga en la conquista de tierras “infieles”. (v.gr. Las Cruzadas.). además, cabe aclarar que en tiempos de conmoción y guerra son precisamente las féminas quienes asumen el control religioso.

[3] Aquí juega un papel importante el problema del resentimiento nietzscheano que justifica la fuerte rivalidad y desprecio de las clases privilegiadas como esperanza de una posible retribución futura por parte del dios.

[4] Fue necesariamente el sacerdocio y en general el Clero quien debió intelectualizarse so pena de perder legitimidad como promulgadores doctrinarios. Aclaramos con Weber que a excepción de pocas religiones como el cristianismo primitivo, gran parte de las doctrinas religiosas éticas surgieron de capas intelectuales de la sociedad.

[5] Para este punto Weber destaca una característica fundamental del cristianismo a saber: que aunque hubiese recogido elementos metódicos y esquemáticos de otras religiones, se opuso sobremanera al intelectualismo. Imponiéndose así como la típica religiosidad ética de masas.

EDUCACIÓN, DEMOCRACIA Y SOCIEDAD CIVIL.

Aproximaciones de la teoría weberiana de la “dominación” a la actualidad política en Colombia.

“Inicialmente la democracia de élites

Pasó a democracia de masas; ahora,

Ésta va en curso hacia una democracia

De públicos.

(José J. Brunner, 1999.)

Weber parte de la creación de unos “tipos ideales” al momento de explicar cómo las motivaciones individuales de los hombres dejan de serlo para orientarse por pretensiones colectivas, es decir, sociales. Reconoce, pues, que estas “relaciones sociales” no pueden darse sin la imposición de unas pretensiones sobre otras; y sin que se establezcan, necesariamente, unas relaciones de “dominación”.

Vemos entonces que el autor propone tres “tipos de dominación” a saber: la dominación tradicional, la carismática, y la legal-burocrática (que según sus consideraciones es “el tipo más puro”). De igual forma, advierte Weber, que si bien los tipos de dominación pueden sobreponerse y presentarse en un solo caso los tres (aunque en diferentes proporciones), es característica fundamental del “Estado racional moderno” la presencia casi omnímoda del tipo legal-burocrático.

El problema al que nos enfrentamos en este momento, y según el norte que sigue este trabajo, es el de encontrar cual “tipo” prima en el sistema político colombiano pues, como se demostrará, -a pesar de que Colombia se catalogue como un “Estado racional” (en términos de Weber)- No es la dominación legal burocrática (en su concepción más pura).

Para este cometido se deberán analizar tres aspectos fundamentales del “accionar en sociedad”: la educación, como base legitimadora de las condiciones de dominación; la democracia, como orden regulador de éstas en un sistema constitucional; y la sociedad civil, como personificación del conjunto de individuos que legitiman las condiciones de dominación en este tipo de unión societaria.

***

Para darle un orden lógico coherente a esta disertación partiremos de la sociedad civil hasta llegar al tipo de dominación por ésta legitimado y las condiciones bajo las cuales se permean las relaciones dominador-dominado.

La sociedad (en general) y la sociedad civil (en particular), están enmarcadas en un ámbito de relaciones que, desde la unión de dos individuos, actúa en función de intereses que se apartan completamente del particularismo y las ventajas y perjuicios que ello acarrea. De esta forma “el acuerdo entre los seres humanos no solo se logra como resultado de una tendencia natural a la armonía, sino también, y sobre todo, como resultado del conflicto, como un medio para resolver conflictos que de otra manera pondrán en peligro no solo la supervivencia de lo individuos particulares, sino de la sociedad [en Weber, comunidad] en general” (Bejarano, 1992); y es éste, precisamente, el papel que juega la sociedad civil en el Estado moderno: brindar a la convivencia en grupo un grado de seguridad tanto al exterior como en sus relaciones internas[1]. Así, se ha considerado que la creación del Estado, sentó las bases de la perfecta convivencia en grupo; sin embargo sus funciones, por el hecho de implicar la regulación de diferencias entre los individuos, se vieron tergiversadas por la necesaria imposición del poder[2]. Las dificultades surgen, pues, cuando los representantes de la dominación en el Estado (funcionarios públicos) violan las reglas forjadas por el consensus y generalizadas por la “constitución”. En estos términos, la unión de los individuos (como sociedad civil) ha surgido, y debe surgir, como “la necesidad de formas de organización autónomas (independientes) y capaces (autosuficientes) dentro de la sociedad civil [misma] con el fin de regularse… y resistir la intrusión del Estado” (Ibíd.).

Lo anterior aplica para un Estado constitucional en el que las garantías políticas de ese “complejo de interacciones” entre individuos “libres e independientes” llamado sociedad civil sea una realidad externa al puro discurso. Pero ¿Qué pasa entonces en un país en el que, como Colombia, el respeto por las normas del actuar en sociedad (legitimidad y legalidad de la dominación), plasmadas por el consensus en la “constitución política”, se conciben como una abstracción desviada de la realidad?

Es muy claro que un “Estado social y democrático de derecho” o, en palabras de Weber, un “Estado racional moderno” está demasiado lejos de ser lo que cada día salen a defender nuestros funcionarios públicos en los medios como un sistema de “democracia participativa”, cuando “la democracia participativa… implica que la participación es algo más que votar para elegir gobernantes” (Ídem.)[3]. La sociedad civil, entonces, no cumple su cometido solamente funcionando como Tal, sino que, por el contrario, debe organizarse a su interior en busca de un óptimo de eficacia frente a la legitimación de las condiciones mismas de dominación. Surge así un nuevo elemento (del cual podríamos apropiarnos para el desarrollo del trabajo pero que, por el contrario, solo se tocará muy someramente): los Partidos Políticos y el papel que juegan en la conducción de la sociedad civil hacia unas condiciones de democracia “real”. De lo que podemos declarar que “el equilibrio entre igualdad y libertad depende de la conservación de organizaciones que nutran las libertades locales y provean canales para la expresión de los intereses particulares. De tal forma, una sociedad civil pluralista y auto-organizada, independiente del Estado es una condición indispensable para la democracia” (Bejarano, 1992). Pero ni siquiera con esto se soluciona el problema. Weber mismo, muchos años atrás y con el pesimismo que lo caracteriza, anota cómo la “democracia” tiende a verse ensuciada (en su concepción más pura) por la orientación de los Partidos Políticos hacia unos beneficios particulares y su búsqueda de poder así: “…con la aparición de la lucha de los partidos por el poder, la democracia directa pierde necesariamente su carácter específico, que tiene la ‘dominación’ solo en germen. Pues todo partido es una organización que lucha específicamente por el dominio y, por consiguiente, tiene la tendencia –a veces oculta- a organizarse expresamente de acuerdo con la formas de dominación” (Weber, 2002). Es de esta forma como Weber nos conduce al meollo del asunto que tratamos; y es que -si se me permiten los términos- lo que muestra la “burocracia estatal” colombiana es una vulgar mezcla entre los sistemas patrimonialista, prebendario y su validación por un “supuesto” legal-burocrático.

Lo que en Weber es aliciente para considerar la democracia como ineficaz es el hecho de que el “aparato burocrático” elegido por la sociedad civil no está sujeto a unas normatividades de superioridad jerárquica que limiten su comportamiento, de esta forma los cargos burocráticos, como es el caso del sistema político colombiano, pierde la esencia de su fin último: quien nombra “desde arriba” lo hace por conveniencias y quienes eligen “desde abajo” persiguen fines particulares inmediatos que facilitan la regularidad de las prácticas corruptivas (politiqueras) generadoras de la tergiversación en el fin último de la burocracia weberiana*. Así “cuanto mas ocupados se encuentren sus miembros [los funcionarios públicos] en el trabajo lucrativo, tanto mayor será la tendencia que, en un caso de diferenciación social, tendrá el régimen de gobierno directamente democrático a convertirse en una jefatura de honoratiores” (Ibíd.). Es por eso que el “saber especializado” puede ser considerado dentro de la sociología de Weber como el germen de la dominación legal-burocrática. No obstante, los cargos burocráticos en Colombia, contradicen los supuestos lógicos de Weber: vemos, por ejemplo, como ya no es prerrequisito el grado de especialización para que un ciudadano ocupe un cargo público[4].

Ahora, si queremos hablar en términos de Weber sobre el tipo de dominación que rige el sistema político colombiano, adoptaríamos algunas categorías que dicho autor solo consideraba para “sociedades primitivas”. Paradójicamente, casi un siglo después, nuestra nación presenta muchas de estas características.

Cuando Weber habla de dominación tradicional como “la creencia en la santidad de los ordenamientos y los poderes señoriales existentes desde siempre”, toma este razonamiento como algo rigurosamente alejado del Estado racional. Hoy día vemos cómo la sociedad civil, carente del grado de “ilustración” (en términos kantianos), que debe presentar la “democracia real”, “obedece a la persona [que de manera poco contradictoria es un líder carismático] en virtud de su dignidad propia, santificada por la tradición” (Weber, 2002). En otras palabras, la tradición (al menos política) ha sufrido un arraigo en la sociedad civil colombiana en pro de otorgar el poder casi vitalicio a unos “partidos” (que irónicamente se consideran populares), al punto de seguir una lógica de santificación de sus representantes y encasillar el “sistema democrático” en una idea (de discurso para los dominadores, y de completo sinsentido para los dominados).

Solución a tan complejo problema formulado por Weber en cuanto a la ineficacia del sistema democrático y su intervención en las formas legítimas de dominación (especialmente en la legal-burocrática), fue dada otros tantos años atrás por Kant. Su viejo adagio “sírvete de tu propia razón. He ahí el lema de la ilustración” ha pasado de mano en mano y de boca en boca por muchos autores, y ha sido realmente “lema” para algunos mas. Pero servirse de la propia razón implica contar con ella.

Lo que garantiza a los mecanismos de dominación (cualquiera que ellos sean), su preponderancia es, obviamente, la forma como esta se legitime. De esto se sigue que los “dominadores” (llámese aparato burocrático, líder carismático, etc.) ideen nuevas formas, como ya se anotaba más arriba, para mantenerse en el poder haciendo uso de mecanismos diferentes a la coacción. El principal de ellos, las políticas educativas.

En la actualidad, podemos ver cómo la “educación” (cuando menos en Colombia) es vista, de acuerdo a las políticas en estándares para su “calidad”, como una institución de carácter secundario sin ninguna trascendencia para la formación misma de sus ordenadores políticos[5]. Si bien la educación ha estado sujeta a constantes reformas re-estructurativas a través de su recorrido por la historia de Colombia, dichas reformas han descansado sobre la aplicación de modelos educativos ajenos sin tomar en cuenta condiciones sociales, económicas… locales[6]. Y esto se vuelve un círculo vicioso; pues si no hay políticas educativas propias, no se pueden atender con las existentes los problemas reales que atañen al papel que juega le enseñanza en la sociedad. Así, en las innovaciones educativas del siglo pasado en Colombia “como las reformas de las estructuras y de la organización no habían resuelto los problemas de la enseñanza, se asumía que se requería de una lógica externa a los sistemas educativos. El único referente de éxito que pasaba en ese momento por la cabeza de los diseñadores de política era, sin ninguna duda, la gran empresa, el modelo de producción en serie” (Zambrano, 2005). De esta manera pasó la educación colombiana (y quizá muchas otras en Latinoamérica) de la formación “integral” de ciudadanos con necesidades y capacidades diferentes entre sí, a la generalización de los mismos. Los modelos educativos implantados en Colombia con base en políticas de “medición de la calidad” (llámese Fordistas o Tayloristas)[7] dejaron de lado la visión de “Escuela” como “creadora de hombres” y han orientado su rumbo hacia la estandarización de parámetros de calidad (competencias mínimas), mientras las ordenaciones lógicas que ven la formación de la sociedad civil y, en especial, de individuos con un grado de racionalidad e ilustración se quedan en el simple discurso: “la educación no es un proceso de cadena de montaje, con aumento mecánico de las aportaciones y elevación de la productividad. El modo de mejorar su calidad suscita cuestiones fundamentales acerca de los objetivos de la sociedad, la naturaleza de la participación en la toma de decisiones en todos los niveles y los propósitos mismos de la escuela como institución” (OCDE, 1991)[8]. Con lo anterior vemos cómo los sistemas de estandarización de la “calidad de la educación” se resumen en frase como la del profesor Zambrano: “el ministerio piensa y las instituciones educativas aplican” (Op. Cit.). La implicación principal que esto tiene es que a quienes realmente conocen las fortalezas y falencias del sistema educativo (docentes y estudiantes) no se les permite el acceso a la toma de decisiones en la reforma de éste. Se corta de raíz el pensamiento crítico acerca del sistema y se llega una y otra vez al problema de la ilegitimidad dentro de una disfrazada “legitimación” de la dominación legal-burocrática.

Simplificación (mediocridad) de la educación, orientación de las políticas educativas hacia la formación de “mano de obra calificada”, privación de la formación “humana” (moral) en el aula de clase… con esto “la pretensión de la política es que en la escuela no se discuta acerca de la sociedad y que se limite a desarrollar las ‘competencias’ que al final serán debidamente medidas en las pruebas de rendimiento académico” (Zambrano, 2005). Además de lo anterior, los problemas que se generan en la educación (entiéndase, Ilustración) de la sociedad civil colombiana están enmarcados en la protección de la vida humana y las garantías mínimas “de un orden social abierto y democrático” que no se puede controlar sin que sea ésta misma [la sociedad civil] quien genere sus propias políticas (educativas, sociales…).

En este punto podríamos enfocarnos en el pensamiento de Weber y decir que, de acuerdo a todo lo anterior, Colombia (y el supuesto Estado social de derecho que reza la constitución) se encuentra aún en el marco de una dominación de tipo tradicional de la que solamente se saldrá en el momento en que “la santidad de los ordenamientos y los poderes” se atribuya a las verdaderas leyes: aquellas soportadas en un consensus, no del uso del arma mas fuerte, si del “uso público de la razón” forjado en las aulas.



[1] Quizás en esta forma lo pensaban los precursores del concepto Sociedad civil (Hegel, Marx…) al reconocerla como parte fundamental y de regulación recíproca de funciones frente al Estado.

[2] “Poder” que Weber considera como la “imposición de la propia voluntad” a través de la coacción física en persona de la fuerza pública.

[3]Ya he aclarado en otro lugar cómo la “democracia” no es un elemento sustancial en la teoría de la “dominación” de Weber, sin embargo pese a su condición histórica (formación del Estado social moderno) hace suficientes aclaraciones sobre sus limitantes debido a la “corrupción” del aparato burocrático. (Véase: V. Agudelo. “Martin Barker y el problema del ‘cuarto tipo’ en la sociología weberiana”.

* Para una mayor aclaración de esta idea leer (Weber, 2002 Pág. 179 Párr. 4.)

[4] Podríase pensar que es esto una muestra del carácter democrático “real” que está tomando el gobierno de nuestro país, contrario pues a las condiciones democráticas que conoció Weber. Sin embargo el muy nombrado caso del “concejal Lucho” hace evidente las nuevas armas (dominación simbólica) que los Partidos políticos están utilizando en pro de mantenerse en el poder manipulando la “moral colectiva” de las masas.

[5] El discurso que se da en los “altos bandos del gobierno” gira en torno a autocríticas sobre el manejo del país. Debaten sobre “gobiernos imperfectos” y “políticas reformistas”, olvidando que el problema yace en la manera en que se forman (intelectual, social y moralmente) quienes han de gobernar. El problema está en “la educación como base legitimadora de las condiciones de dominación.

[6] Condiciones que por lo regular siempre se dejan de lado al momento de adaptar las “genialidades” de los gobiernos extranjeros

[7] lo lamentable de estos modelos de medición de calidad aplicados en la gran industria norteamericana a principios del siglo pasado (y adoptados por las políticas educativas colombianas) es que “el sentido fundamental de la educación en la política de calidad educativa colombiana es subsidiario del resultado de unas pruebas que solamente miden el cuarenta por ciento del año lectivo y además dicen muy poco de la inteligencia de los niños, de su capacidad, de sus posibilidades reales en una sociedad que, como la colombiana, está marcada por su dificultad para construir un modelo societal civilizado e incluyente” (Zambrano, 2005).

[8] Es muy frecuente ver como en pruebas de generalización de “saberes” como las del Icfes, el nivel de la institución educativa (bajo, medio, alto) puede ser modificado de acuerdo a las “capacidades” de un solo estudiante.

MARTIN BARKER Y EL PROBLEMA DEL “CUARTO TIPO” EN LA SOCIOLOGIA WEBERIANA

“la apertura de la escuela a las demandas sociales

No significa reproducir en la escuela las experiencias

Que ya existen fuera de ella ni tampoco acomodarse a las

Tendencias dominantes en las prácticas sociales. La

Escuela puede, y debe, responder a la demanda social de

Compensación de los déficit de experiencias de

Socialización democrática que existen en la sociedad”

(TEDESCO, 2005.)

Para ningún conocedor –mínimo y sensato- del asunto, es un secreto que el vicio en el que ha caído la producción (léase, reproducción) de la teoría sociológica en Colombia, ha sido precisamente éste: el limitarse a la revisión-aprensión (sin h) de los clásicos, olvidando, particularmente y ¡coincidencialmente!, su principal legado; aquel de reconocer que la sociología debe evolucionar a la par con su objeto de estudio, sabiendo, de antemano, que éste (a diferencia del de las ciencias físicas) es en demasía dinámico.

Lo que me propongo hacer ahora es algo que yo llamaría una revisión-contrastación de la crítica realizada por Martin Barker a un asunto por muchos tratado -al punto de remontarse a los tiempos de Parsons- a saber: la desaparición del “cuarto tipo” en la sociología weberiana correspondiente a la wertrationalitat* .

A lo que finalmente pretendo llegar es a colocar en “entredicho” el modo en que Barker ve la democracia como el “cuarto tipo” extraviado en la teoría de Weber y que, de ser así, olvida como el mismo Weber considera en alguna parte y de manera un tanto limitada (por obvias razones de situación política y de época) la democracia como un posible derecho del ciudadano para elegir sus gobernantes en estas palabras: “…también las normas del derecho público pueden crear derechos subjetivos públicos a favor de los individuos, como, por ejemplo, las referentes a la elección presidencial, ya que implican la existencia del derecho de elector” (Weber, 2002. p498) (1)

***

Debería empezar, entonces, por discutir la confusión encontrada en Barker entre términos sustancialmente diferentes como la dominación y el poder. Para él hay una notable similitud entre estos. Volveré sobre este punto mas adelante. Por ahora veamos de donde parte el autor su análisis para llegar a la “sociedad democrática”.

La pregunta que M. Barker se hace para hallar el elemento de dominación social basado en la wertrationalitat es la siguiente: ¿Qué constituye una relación de poder, cómo se establece y por qué aparece?

La confusión surge, pues, cuando éste hace su definición de poder, escapando considerablemente de la propuesta por Weber: “…poder se define como la capacidad de hacer que ‘el gobernado’ interiorice la voluntad del gobernante como si fuera la propia” (Barker, 1998. p21.). Ahora miremos la definición del mismo Weber: “Poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social aun contra toda resistencia y cualquiera sea el fundamento de esa probabilidad” (ob.cit, p43); es decir, que para Weber, aunque en el Estado Moderno estos dos conceptos vayan, necesariamente ligados, son categorizaciones completamente distintas. La una es impuesta y la otra legitimada. Barker parece no distinguir esto.

Siguiendo la lógica de sus planteamientos, Barker sugiere que teniendo en cuenta la definición de dominación, sería imposible encontrar una relación de poder correspondiente a la wertrationalitat (Ibíd. p21), pues asume que Weber solo toma en consideración esta “categoría” para concepciones estrictamente individualistas, y denuncia, además, que la situación mas próxima a este tipo de realidad sería la “pre-dominación” en donde “el individuo cuenta con el espacio social para construir su interpretación del mundo e intenta vivir conforme a ella” (ídem.). A este respecto podríamos contestar con una argumentación Weberiana a saber; diría Weber que los individuos no podrían combinar sus orientaciones “en un sistema compartido de bases racionales” a menos de que existiera una voluntad reguladora[1] a la cual estuvieran subordinados.

Vemos, entonces, como Martin Barker supone –simple y llanamente- que Weber hace caso omiso de su “cuarto tipo” cuando debe pasar de reflexiones individuales a “relaciones sociales” y nos brinda una solución algo confusa al asunto previendo que el tipo de sociedad (en el orden de legitimación…dominación) eximida de la teoría Weberiana sería la democrática.

Es en este punto donde podemos ver la inconsistencia en los planteamientos de Barker con respecto a la wertrationalitat en Weber; que indudablemente está muy alejada, en ambos autores, de la realidad política mundial y, en especial, de la colombiana.

Presupone (Barker) la democracia como una función social institucional “cooperativa y libre de dominación”[2]; consideración demasiado marxista -si se quiere- al momento de contrastarla con la definición Weberiana de dominación. Ahora bien, y como se menciona al principio del texto (1), Weber no descarta completamente el carácter democrático en los tipos de dominación. Sin embargo solo lo explicita muy someramente en su sociología del derecho.

Entonces ¿es, pues, la sociedad democrática el tipo de legitimación y dominación que se ajusta a la wertrationalitat Weberiana en nuestro contexto?

Barker insiste en confundirnos en su respuesta pues acepta, finalmente, “la casi inevitabilidad de la dominación” propuesta por Weber y su lógica pesimista en contraparte del “esquema Kantiano” del “mundo-como-podría-ser”.

Si en este punto quisiéramos extraer una conclusión de lo referido, diríamos que la concepción de democracia que maneja Martin Barker está muy alejada del derecho Weberiano y, en general, de la realidad contemporánea; y que debido a esto (y a mi modo de ver) su ajuste del “cuarto tipo” sería lógico pero incompleto.

Barker no ve que es precisamente en el problema de la educación (que nombra, mas no desarrolla [p27]) donde está la solución y el complemento a su disertación.

Poner en contexto el problema aquí suscitado (que fue uno de los propósitos al principio de este trabajo) implica suministrar una resolución adaptada a tal, además de una conciliación entre las tendencias analizadas (cosa –esta ultima- que medianamente he realizado). Veamos:

El problema que veía Weber en la formación del “aparato burocrático”[3] era el que sus funcionarios, para el correcto funcionamiento de éste, deberían ser “nombrados” por un cargo superior de manera que sus “saberes” (estrictamente especializados) fueran revisados bajo un nivel óptimo. Esto obedece a que Weber veía en las “masas” (léase, el pueblo o la sociedad civil) aquella falta de mayoría de edad Kantiana que entorpecería el ejercicio pulcro de la burocracia si sus funcionarios fuesen “elegidos” por aquel.

Weber, así como muchos otros “grandes pensadores” alaban el saber especializado, el cual ven como elemento fundamental para la consolidación y funcionamiento del aparato burocrático. Lo que olvidan siempre es que las concepciones morales[4] creadas en las bases de la sociedad (la familia), pero en especial en la educación básica son las portadoras del germen de la dominación y, si quisiéramos colocarlo en la perspectiva de Barker, de la imposición del poder.

“El papel de la educación y del conocimiento en la formación del ciudadano implica incorporar en los procesos educativos una mayor orientación hacia la personalización del proceso de aprendizaje, hacia la construcción de la capacidad de construir aprendizajes, de construir valores, de construir la propia identidad” (Tedesco, 2005).

Lo que leemos en el párrafo anterior no es otra cosa que la perspectiva contemporánea de la sociología latinoamericana al problema que planteó Martín Barker con respecto al “cuarto tipo” Weberiano. Es la mirada al conflicto político que vive nuestra sociedad, en donde la corrupción de las “estructuras burocráticas” dominantes genera formas de legitimar un tipo de dominación que para Weber (y por obvias razones, para nosotros mismos) sería ilegitima e irracional pues no estaría cimentada en el consensus. Está respuesta de la sociología busca crear “identidades” (llámese políticas, culturales, sociales, etc.) que muestren al hombre[5] una forma real de conocer su hábitat, y los –abstractos- derechos y deberes que vuelan sobre él y que casi nunca lo tocan (de manera que este hombre se convierte en solamente un “sonámbulo” de la sociedad que lo alberga). Ahora bien, y siendo reiterativo, debemos buscar la aplicación a esas respuestas en la génesis de la cultura, la política y la sociedad. En la Escuela (en nuestro sentido colombiano del término).

“El inconsciente escolar”, dice Bourdieu, “es el conjunto de estructuras cognitivas que... es común a todas las producciones de un mismo sistema escolar nacional” (Bourdieu, 2001, p133). Qué es esto sino una sustentación reconocible empíricamente a lo que vengo analizando: Es el Estado el que promueve unas políticas educativas que funcionen acorde con sus preferencias[6] para que esa “ilustración” a través de la “mayoría de edad” que buscaba Kant exista, en unos pocos casos, solo a medias.

Observemos, entonces, como el papel que juega la Educación en nuestro sistema social “Ha inscrito en el pensamiento, en sus automatismos mas evidentes, así como en sus improvisaciones aparentemente mas espontáneas, todo un corpus opaco de ideas irreflexivas, fosilizadas, naturalizadas, a las que, de manera paradójica, solo la historización [y la sociologización, quisiera agregar] puede devolverle su vida, esto es, liberarlas” (Ibíd. P135).

***

A manera de conclusión podemos decir que, si bien Martín Barker propuso un posible “hallazgo” al “extravío” del cuarto tipo –para él la sociedad democrática-, no podemos aceptarlo desde su perspectiva ya que 1) lo que este autor propuso en su ensayo fue una revisión a esa parte de los “tipos” de Weber, y ya vimos como Weber mismo considera, aunque superficialmente, el carácter democrático de la sociedad a través del derecho, y 2) La concepción de democracia en Weber dista mucho (aun con sus aproximaciones) de parecerse al sistema político que nos alberga.

De lo anterior podríamos decir que para brindar una posible solución a al problema aquí tratado, la labor investigativa del sociólogo debería orientar sus impulsos a escudriñar en la raíz de nuestro “inconsciente escolar”, intervenir en los planes (léase, políticas) para el fomento de éste[7], alejando así nuestro “Estado Moderno” cada vez mas del “tipo de dominación de carácter tradicional” al que visiblemente estamos sujetos[8].

BIBLIOGRAFÍA

*Barker, Martin. En: British Journal of Sociology, Kant Como Problema Para Weber. Bristol Polytechnic. (Traducción) Bogotá, 1980.

*Bourdieu, Pierre. En: Revista Colombiana De Sociología, El Inconsciente De La Escuela. Universidad Nacional. Bogotá, 2001.

*Tedesco, En: Revista Colombiana De Sociología,

. Universidad Nacional. Bogotá, 2005.

*Weber, Max. Economía Y Sociedad. Fondo De Cultura Económica. México D.F., 2002.



* entendida por ésta, de acuerdo con la definición de Weber, “la orientación racional a un valor absoluto”.

[1] Esa voluntad reguladora está presente en Weber bajo la personificación del “aparato burocrático”.

[2] Barker encuentra que en la definición misma que Weber hace de acción social está implícita la “subordinación a otros” (la dominación) en tanto aquella (la A.S.) solo puede serlo en orientación hacia la conducta de otros, considerándose entre ellos como medios para sus fines. Aquí entran en juego las capacidades de los individuos como regla genérica para justificar su superioridad e imposición sobre los otros.

[3] Un mínimo conocedor de la teoría de Max Weber, intuirá la vinculación necesaria entre el aparato burocrático y los tipos legítimos de dominación. Asunto del que (justamente) nos ocupamos ahora.

[4] Estas concepciones morales serán nombradas por Bourdieu, en el mismo sentido en que aquí se tratan, como “estructuras cognitivas”.

[5] En esta óptica cabe cualquier tipificación de –recordando a Parsons- “rol social” para que la consideración no choque con otras corrientes: Ciudadano, obrero, maestro, joven (...).

[6] ...O preguntémonos, por ejemplo, en cuantas instituciones de enseñanza pública (básica, llámese primaria o media), en nuestro país, se brindan cátedras de Derecho que se salgan del esquema tradicionalista de repetir(¡!) en el aula “la constitución política y los derechos del ciudadano” sin colocarlos en contexto, cuando la realidad que está percibiendo esta persona choca con lo que “reza el estatuto”. Preguntémonos si no es ésta una forma de crear un “inconsciente escolar” confuso que, en últimas, solo conducirá al individuo a ver en dicho contexto una naturaleza social dada contra la que sería imposible luchar.

[7] El legado que podemos extraer hoy de la sociología contemporánea es, precisamente, el de que ésta debe distanciarse de la mera “especulación erudita” para moverse en el campo de las acciones interventivas.

[8] “esta es la razón por la que es necesario reconocer la historicidad de las formas de pensamiento, no para relativizarlas, sino de manera paradójica, para arrancarlas de la historia” (Bourdieu, 2001,p137).

EL SISTEMA EDUCATIVO Y EL CAMBIO SOCIAL.

Aproximaciones para una crítica del cambio social en la teoría de Talcott Parsons.

“el sistema educativo requiere de sus propios objetivos y funciones, y de una lógica interna y autonomía relativas…. La función propia de la escuela es la inculcación –apropiación del arbitrario cultural de clases o grupos sociales determinado en forma de conductas, saberes y disposiciones durables”.

(Gustavo Téllez Iregui, 2002[1]).

El desarrollo teórico de Talcott Parsons se convirtió, en su momento, en uno de los “hitos” más influyentes en el progreso de una Sociología que pudiera reconocerse como contemporánea. Se llega al punto de considerar a Parsons como el punto de ruptura de la teoría social con la sociología clásica desde Durkheim, Marx y Weber. No obstante, la teoría parsonsiana ha sido, desde su propio surgimiento, fuertemente criticada por otros teóricos que la consideran “incompleta” o completamente “abstracta”. Esto al realizar un esfuerzo analítico por recoger dentro de su conceptualización todas las formas posibles del “funcionamiento” de las sociedades. Así, la teoría estructural-funcionalista implementada por Parsons, supone un sistema social generalizador desde el cual se pueda partir para un análisis posterior de sistemas “empíricos concretos”. Con todo, la teoría parsonsiana deja de lado algunos aspectos empíricos propios de los sistemas sociales contemporáneos que, difícilmente, pueden ser estudiados a su luz. Uno de ellos, la teoría del cambio social.

En estos términos, estudiaremos la forma en que el autor articula los diferentes componentes del sistema social (cultura, sociedad y personalidad) de tal manera que queda restringida completamente, dentro del marco de dicha teoría, la formas en que las sociedades contemporáneas desarrollan procesos de cambio que, si bien pocas veces estructurales, si sus “coyunturas” reorientan las más de las veces el orden social propiamente dicho. Y miraremos, además, la forma en que el sistema educativo más allá de cumplir una “función” estrictamente de reproducción de las pautas normativas del sistema cultural, puede desarrollarse también como un factor garante dentro de las vías del cambio social.

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Partimos con Parsons, pues, del hecho de considerar a los actores sociales como individuos sujetos a procesos de aprendizaje, defensa y ajustamiento. A través del aprendizaje el actor internaliza “nuevos elementos de orientación de la acción, nuevas orientaciones cognitivas, nuevos valores, nuevos objetos y nuevos intereses expresivos” (Parsons, 1976: p.195[2]). Así, con este “nuevos” Parsons nos remite a considerar el mecanismo del aprendizaje “más allá” de los primigenios procesos de socialización en el niño; aun más, sugiere que el aprendizaje, lejos de este cerrado ciclo vital, prevalece en la vida del actor ante situaciones de adaptación o cambio. Hay aquí un primer elemento. Ahora bien, los mecanismos de defensa y ajustamiento, no obstante su función de orientar y re-orientar las pautas de valor y los conflictos de la personalidad, terminan por materializarse en subcategorias de un proceso más amplio, el del aprendizaje ya nombrado.

Continuando con la argumentación de Parsons, el “acto unidad” (actor- situación), en cuya fórmula analítica se resumen los procesos del sistema social, contiene en sí mismo las disposiciones de los actores al ajustamiento frente a las expectativas de su alter. De esta forma, Parsons encasilla el acto unidad en una orientación permanente del actor hacia la gratificación de sus propias expectativas y en el ajustamiento a las expectativas del aller y sus disposiciones de necesidad dadas. En tales términos suscribe este autor la tendencia de los sistemas sociales a la estabilidad. De aquí en adelante el sistema lógicamente articulado (estructural-funcional) le da un carácter “hermético” al sistema social que solo es vulnerable, cuanto mucho, a agentes naturales del “medio”.

Lo anterior sugiere que, a través de las pautas de orientación de valor internalizadas en el proceso de socialización y, en general, en los mecanismos de aprendizaje, el sistema social produce unos esquemas culturales que orientan el “acto unidad” mismo hacia la representación de la estructura social establecida.

Afirma Parsons, además, que cualquier tendencia particular a alejarse de las pautas de orientación moral y culturalmente establecidas, ha de considerarse como una “conducta desviada”, que de fortalecerse, puede atentar contra la estabilidad misma del sistema. Para el autor, estas conductas solo pueden caber dentro de dos marcos: el delictivo y el patológico, a cuya presión responde el sistema establecido con unos “mecanismos de control social”. Mecanismos éstos que tienen como función “motivar a los actores para que abandonen su desviación y vuelvan a la conformidad” (Ibíd. p.197); algo que podremos llamar sin problemas reorientación o resocialización del actor.

Para efectos del presente trabajo, no nos detendremos en lo que Parsons denomina “los mecanismos de socialización” dado que conocemos de antemano, que su función (la de internalizar en el actor las pautas de orientación y las motivaciones catetico evaluativas, para integrarlo dentro del sistema como un actor funcionalmente activo) puede ser igualmente funcional en un proceso de reorientación de las pautas de valor culturales dentro del sistema (procesos de cambio social).

Con lo expuesto, afirma Parsons pues que, al ser consecuente con el ordenamiento lógico del sistema social, a través de cuyos mecanismos de socialización se reproducen las pautas de orientación valorativas generalmente establecidas, “resulta que la combinación de las pautas que se adquiere debe ser en una considerable proporción una función de la estructura fundamental de los roles y los valores predominantes del sistema social” (Ibíd. p.217) [el subrayado es mío]. En pocas palabras, que el sistema social mismo reproduce en sus actores las pautas funcionales para su estabilidad. Empero, como el mismo Parsons lo dice (pese a no desarrollarlo detenidamente), el hecho de que dichas pautas sean reproducidas en una considerable proporción y NO totalmente, es precisamente el factor que devela el carácter “dinámico” de todo sistema social (o por lo menos, de los sistemas sociales contemporáneos).

El problema fundamental es que Parsons considera esas mínimas proporciones restantes (como ya lo anotábamos) como simples desviaciones del sistema, con tendencia a autocorregirse. Lo básico acá es anotar que no todas las perspectivas de actores sociales que van en contra de las pautas socialmente generalizadas pueden considerarse como delictivas o patológicas[3].

Para darle viabilidad lógica a su desarrollo analítico del sistema social, Parsons asegura que si bien lo esquemas morales y pautas de la orientación catetico-evaluativas que reproducen el sistema social a través de la socialización, son un mismo esquema generalmente compartido, la personalidad internalizada por el individuo no va a ser la misma para todos los casos, y sus diferencias radicaran básicamente en la distinción de sexo y en las condiciones de status-rol adoptados en el sistema mismo; por lo demás, las pautas reproducidas por el sistema social son exactamente iguales para todos.

Queda claro pues que, dentro de la teoría parsonsiana, los esquemas y pautas orientativas de la personalidad son aprehendidas fundamentalmente en el ámbito familiar y en menores proporciones (!) en el sistema educativo: “partimos del supuesto de que toda primera y normal socialización de los niños se produce dentro del contexto de la familia, aunque a menudo, como las escuelas y los grupos de iguales” (Ibíd. p.218). Con esto, la posibilidad para que el actor reproduzca “esquemas” o pautas de orientación (conductas desviadas [¿?]) diferentes a las proporcionadas por el sistema social, quedan totalmente descartadas. Y lo anoto precisamente en este punto porque considero que son el subsistema educativo y el entorno social diferente a la familia, los agentes motores en la dinámica en los sistemas sociales contemporáneos[4] de las primigenias “disposiciones alienativas”, cuyo enclave en la personalidad, al hacerse “masivo”, genera los incipientes cambios coyunturales del sistema social[5].

Pero antes de entrar en discusión sobre la tendencia o no de los sistemas sociales hacia la estabilidad, miremos como desarrolla el mismo Parsons las posibilidades analíticas, dentro de su teoría, para un proceso de cambio en los sistemas sociales.

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Advierte de entrada el autor, que debe entenderse como un “sistema social que mantiene sus limites”, aquel que se desarrolla en “consonancia” con las pautas naturales del medio ambiente mismo que lo rodea, “sea esta constancia estática o móvil” (Ibíd. p.446). Esto es, que cualquier tipo de cambio social que sea producido por condiciones naturales del medio, no afecta la estructura funcional de pautas morales y culturales del sistema; así, el sistema sufrirá un cambio puramente adaptativo, y cualquier “tensión” que surja en el proceso interactivo del acto-unidad, es corregido por los mecanismos de integración del sistema: éste (el sistema social) “pone en marcha siempre procesos que re-equilibran” (Ibíd. p.455) [el subrayado es mío].

No obstante, una excepción o ese proceso de re-equilibrio estaría dado, según Parsons, por “la institucionalización de la investigación científica”, cuya principal consecuencia está en el ataque constante a las estructuras cognitivas del sistema cultural. A esta “tensión” entre el desarrollo de la ciencia y los esquemas tradicionales de al cultura, que, entre otras cosas es uno de los principales factores en las dinámica de los sistemas sociales, Parsons la encaja en su teoría de la siguiente manera! “(…) el equilibrio de los procesos sociales adopta la forma de un equilibrio moviente, no de un equilibrio estático” (Ibíd. p.455) [el subrayado es mío].

Ahora bien, la estructura misma de las sociedades modernas y su desarrollo histórico, nos dan pie para pensar –aun con Parsons- en condiciones difícilmente probables para que un sistema social modifique su estructura de una manera “brusca” y, además, radical. Empero, si de lo que se trata es de poner en contexto histórico, y aun mas, empírico la teoría parsonsiana –y tal es el caso-, diríamos que la simple categoría de “equilibrio moviente” que utiliza Parsons para tratar la “dinámica” real y concreta de los sistemas sociales modernos, sigue siendo todavía incompleta. Con todo, Parsons apunta a decir que una tención empíricamente comprobable en algunas de los subsistemas puede representar tal presión en el sistema, que lograría orientar este hacia un cambio estructural (Ver, p.457).

Entonces ¿puede o no una tensión coyuntural que ataque pilares fundamentales del sistema social (llámese tención entre el desarrollo de la ciencia y los esquemas culturales preestablecidos), sentar las bases de un cambio estructural en el sistema mismo?

Dentro de la hipótesis que estamos manejando en este trabajo, tal fenómeno solo podría darse dentro del marco de los mecanismos de aprendizaje, es decir, del subsistema educativo. Si Parsons afirma que “un cambio en la tradición cultural puede ser perpetuado y servir de base para nuevos cambios” (Ibíd.p.461), no nos quedaría más por decir que el cambio en la tradición cultural solamente lo reproducen los mecanismos de socialización.

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De paso tendremos que decir que fenómenos como el del desarrollo acelerado del mercado mundial (globalización), los desarrollos vertiginosos de políticas e ideologías “expansionistas”, la incursión de veedores en conflictos políticos bilaterales, etc. Han logrado que, durante la ultima mitad del siglo XX y lo que va del XXI, la existencia de sistema sociales cerrados, que “mantienen sus limites” y que generen procesos de reequilibrio pasados los procesos de crisis y tención producidos por agentes externos, ha dejado de ser mas la regla que la excepción. Este sería uno de los principales argumentos en contra de Parsons.

El mismo Parsons asume deliberadamente el hecho de ver en sus análisis un cierto “determinismo histórico” (en el buen sentido del término), por cuanto considera que sus herramientas sociológicas aun no están completamente desarrolladas para comprender algunos procesos del sistema social; y con respecto a las posibilidades fácticas del cambio social afirma:

“tenemos, pues, la certidumbre virtual de que hay un factor inherente de la dirección general del cambio en el proceso de racionalización, y la probabilidad de que haya un factor independiente al menos parcialmente en el proceso de desarrollo de los sistemas de simbolismo expresivo” (Ibíd. p.463). la argumentación sigue guiándonos hacia la hipótesis manejada.

Algo que debe quedar muy claro en este punto es el doble carácter socializador que el subsistema educativo presenta: por una parte, y hablando en términos reales y concretos sobre las naciones latinoamericanas, pero en especial sobre Colombia, la Escuela responde al perfil legislativo de su institucionalización, es decir, a la forma en que legalmente organiza el Estado los “planes educacionales” como respuesta a una priorización de necesidades políticas, económicas, sociales, éticas, etc., tanto a nivel nacional, como de proyección internacional (respuestas al mercado laboral, científico… internacional): el Estado “forma” a sus ciudadanos de acuerdo con sus propias expectativas[6]; pero, por otro lado, las pequeñas dosis de “autonomía educacional” o de “libertad de cátedra”, abre muchas posibilidades dentro del campo de la socialización del individuo. Posibilidades que lo guían, no solamente en la libertad para elegir la forma de integrarse funcionalmente al sistema (Parsons), si no también, posibilidades que le permiten generar un sentido crítico frente al sistema al que le es preciso integrarse.

No obstante, las opciones que muestra este doble carácter de la educación, que de acuerdo con sus características podría ser propio de un Estado democrático, son la mayoría de las veces manipulado por fuerzas político-ideológicas que tienden a dividir radicalmente la población civil (separatistas y centralistas, izquierdistas y derechistas, por colocar algunos ejemplos): “la ideologización es una parte central de la socialización. Mediante la socialización los individuos e integran a un grupo en sus formas de vida. Y uno de los capítulos importantes de la integración a un grupo es compartir la forma de pensar acerca de las instituciones sociales (familia, economía, política). Pero en la escuela a parte de reinar espontáneamente la ideología dominante, se transmiten ideologías orientadas políticamente” (Taberner. 1999, p.113)[7].

Con esto, el sistema educativo está sujeto a las determinaciones de los “poderes” en vigencia, y tal consideración cierra las posibilidades abiertas de antemano por la educación misma[8]. Empero (“bien” o “mal” no cabe dentro de nuestras consideraciones sociológicas), esta lucha de “poderes” toma tanto más fuerza cuanto más autónomo se va haciendo el sistema educativo.

En la enseñanza “básica” se tienen unos estándares básicos que, en teoría, obedecen a la forma de socializar al individuo de acuerdo con las necesidades priorizadas por el estado; en la “medida” se empieza a dar un esguince entre la “arbitrariedad” de la educación y la perspectiva del socializando (Parsons considera esto de forma indirecta); pero, en la “educación superior” , el individuo ya es considerado como un “sujeto políticamente activo”, es decir, se le tiene en cuenta por sus posibilidades de elección dentro de un abanico de orientaciones políticas, ideológicas, etc. Es en este momento donde se da un paso “más allá” dentro de las consideraciones del cambio social estudiado por Parsons. Miremos

Ya habíamos dicho, con Parsons, que una posibilidad fuerte del cambio social estaba dada en la “tensión” constante entre el desarrollo científico y la tradición cultural. Pues bien, en una gran sociedad en la que, como la colombiana, los desarrollos de la ciencia y de la técnica “utilitarista” (en el buen sentido del termino) son acordes con el progreso de su sistema educativo, y que, por este mismo hecho, las diferencia sociales y políticas se hacen cada vez más marcadas, vemos que son los desarrollos de la ciencia social y de la ciencia política como “ideologías” (en términos parsonsianos), los que entran en conflicto (tensión) con la tradición cultural misma; en otras palabras: a través de la historia colombiana se ha ido haciendo cada vez mas marcada una tensión de la cultura consigo misma, un problema de “identidad” del individuo con su realidad desde los primigenios procesos de socialización en la familia[9] y en la escuela. Así, para el momento en que el individuo aparece ante la sociedad como dispuesto a integrarse, las pautas normativas internalizadas se hacen débiles y el individuo mismo queda vulnerable a los ataques de las “ideologías políticas” en disputa.

Así entonces, en el “sistema social” colombiano las posibilidades para que el actor genere formas de cambio social, son “coartadas” deliberadamente por los Poderes mencionados.

Ahora, si consideramos al sistema educativo como una posibilidad fáctica para dar camino a los procesos de cambio social, ¿Qué pasa, pues, con una Escuela que históricamente poco o nada ha contribuido con el desarrollo de una racionalidad “más allá” de la puramente instrumental? ¿Cabe la posibilidad de pensar, al interior de las aulas, un individuo éticamente socializado que 1) oriente su acción de acuerdo con las pautas culturales establecidas, y más aun 2) contribuya críticamente con el “develo” en la “funcionalidad histórica” de las mismas? Tal sería el papel de un individuo que, socializado “correctamente” (en los términos de la socialización según Parsons), tenga el criterio de entender su sociedad en la dinámica real y concreta de la modernidad.

El problema fundamental en este punto es que, la disfuncionalidad de la Escuela, en estos términos, obedece a que “ella dejó de organizarse de acuerdo con los cuadros sociales existentes [factores reales de poder] y sus necesidades realmente sentidas, para ser manejada como instrumento por los poderes públicos para imponer su voluntad a la sociedad y la nación” (Acevedo, 1987: p.244[10]). A esto cabria agregar los poderes “insurgentes” que se disputan con el Estado las cabezas de millones de ciudadanos, para quienes está completamente “vetada” la apropiación de ideologías diferentes a las “en boga”. Con todo, se le niega al sistema educativo sus facultades como mecanismo socializador y de cambio social.

Ahora bien, siendo consecuente con el desarrollo analítico de Parsons a la par con las posturas de la moderna psicología diríamos que: la estructura básica de la personalidad se internaliza en el individuo durante los primeros años de la infancia y se modela en menores proporciones (aunque de igual forma considerables) a lo largo de la vida. Sin embargo, el análisis Parsonsiano está sujeto al tipo de familia “nuclear” económica e ideológicamente estable de la sociedad norteamericana de los “años dorados”. Proceso de socialización que, además, se complementaba con un sistema educativo racional-instrumental sustentado en los principios de lo que Weber ya había denominado de “ética protestante”. Con esto, pues, el sistema cultura, sociedad, personalidad sintetizado por Parsons, parecía responder a una época (local obviamente) de “bienestar” sociocultural advenido en las postrimerías de la segunda guerra mundial. Con todo y por todo, el enclave del sistema social Parsonsiano (norteamericano) con su tendencia a la estabilidad habría de ser vulnerado: por el surgimiento de “conductas desviadas” masivas que rechazaban fuertemente el funcionamiento de sistema como el “hipismo”; por las fuertes recesiones económicas de fin de siglo, o por movimientos ideológicos contradictores del sistema modelo (aunque Parsons alcanza a anotar que una de las posibilidades de modificar estructuralmente un sistema social, reside en la incursión de elementos desestabilizantes ajenos al mismo).



[1] TELLEZ, GUSTAVO. Pierre Bourdieu, Conceptos Básicos y Construcción Socioeducativa. UPN Edit. Bogotá, 2002.

[2] PARSONS, Talcott. El Sistema Social. Editorial Revista de Occidente. Madrid, 1976.

[3] Temas como el de los “movimientos sociales” o el de las llamadas “culturas emergentes”, han tomado bastante fuerza dentro de los desarrollos teóricos de la Sociología actual, precisamente por el hecho de tratarse de grupos menores (en términos de compararse frente a la sociedad en su totalidad) con nuevas perspectivas frente al funcionamiento de la sociedad como un TODO que los alberga, y han conseguido importantes cambios en la reorientación o reestructuración de los sistemas o, por lo menos, de algunos de sus componentes (véase, por ejemplo, el movimiento Hippie, o más próximo aún, los movimientos indígenas colombianos).

[4] Por lo menos en sociedades donde la “familia nuclear” no sea el fundamento básico de la sociedad. Queda claro que sobre ello es que descansa la teoría de la socialización del individuo a través de la familia, y la forma en que Padre y Madre aportan diferentes elementos al socializando.

[5] Parsons alcanza a aclarar en algún momento, que la modificación en algunas de las “pautas” de los subsistemas podría modificar la “estructura” completa del sistema social.

[6] Las revoluciones sociales, los estados dictatoriales, etc. han centrado su interés en la educación como motor fundamental a partir del cual reproducir sus ideologías, así como sus necesidades.

[7] TABERNER, José. Sociología Y Educación. Tecnos Editorial. Madrid, 1999.

[8] Países como Colombia, en los que orientación educativa está guiada cada vez hacia la instrucción técnica, y en menores proporciones hacia las humanidades, las posibilidades de internalizar en el individuo un sentido critico son cada vez mas restringidas: la enseñanza de cátedras como “democracia” o “derechos humanos”, son prácticamente unilaterales e impositivas de acuerdo con la permisibilidad de su institucionalización tanto en el ámbito urbano y rural, así como en el público y el privado. (para el caso, véase por ejemplo, la forma en que los grupos armados controlan en el sector rural la aplicación de dichas cátedras).

[9] Aun cuando el problema que anotábamos arriba es que Parsons considera un tipo ideal de sociedad en la que la “familia nuclear” (padre-madre) es la que prima como ente socializador. Colombia, por su parte, ha escapado con la historia a esta consideración.

[10] ACEVEDO, Fernando De. Sociología De La Educación. Fondo De Cultura Económica. México, 1987.